sábado, 26 de mayo de 2012

El mestizaje

A propósito de Adiós, Manolo, artículo de A. Pérez-Reverte, que merece la pena leer.


Leo a Arturo de la mano de mi hijo. Y a fe que este académico estaría orgulloso al saber que aquello que escribe hace pensar. Al menos a mí. Ahora bien, no creo que el mestizaje sea la solución a la forma de ser de un pueblo: España. O de otro cualquiera: Grecia. De la misma forma que tampoco sería solución lo contrario: conseguir una raza pura. Eso, por desgracia, está constatado.
Es bonito soñar con la solución final (¡cuidado!), con que al final, el españolito de ojos rasgados y azules, de mirada azteca inteligente, de tez moruna y morena, siguiendo las leyes de Mendel, no será, como Arturo dice, mejor que nosotros, herederos de guerras, venganzas y odios. ¿Acaso los que han de mestizarnos no han heredado lo mismo? Sin creer que esa sea la intención del escritor y del artículo citados, leo entre líneas cierto derrotismo y cierta conmiseración. Pero volvamos al sueño de mejorar por el mestizaje (y que a nadie se le ocurra tacharme de xenófobo o de nazi). También sería bonito que los niños hicieran su revolución incruenta y desterraran tanto hambre y tanto pederasta. Pero, por desgracia, es un sueño, un deseo vivo en algunos, una simple esperanza. Son problemas vigentes que ni los mayores somos capaces de solucionar y eso que los hemos creado y alimentado nosotros. No, señor Pérez-Reverte, no. Estarán conmigo de acuerdo en que el artículo es precioso y en que toca la fibra de quien, sintiéndose español, quiere que mejoremos en este patio de vecinos del que yo no me siento inquilino (lo siento, mi instinto de pertenencia a grupos está atrofiado). Pero la solución, creo yo, no pasa por meter en una coctelera óvulos y espermatozoides, agitar y esperar los resultados. No, al menos es mi humilde opinión. Yo creo que el artículo debería cargar las tintas en lo que en cierto punto insinúa: la educación y la formación humanista. Esas que tan poco importan a los que siempre han gobernado y gobernarán. Se trataría de formar personas críticas, independiente de sus orígenes étnicos, personas que pensaran independientemente, que no unan su futuro al de su equipo de fútbol; que tengan a Teresas de Calcuta como mitos y no al pichichi de la Liga BBVA. Y por supuesto, yo también considero entrañable ser algún día abuelo de un chinito o de un indito. Sé, senor Pérez-Reverte, a lo que se refiere, pero no comparto el cómo lo refiere. Y también sé a quienes se refiere. Yo los descubrí con quince años en los versos de uno de los Machado, don Antonio, cuando me presentó a don Guido, que me permito reproducir, traído de Wikisource:

Al fin, una pulmonía
mató a don Guido, y están
las campanas todo el día
doblando por él: ¡din-dan!
Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador.
  Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo,
y un maestro
en refrescar manzanilla.
  Cuando mermó su riqueza,
era su monomanía
pensar que pensar debía
en asentar la cabeza.
  Y asentóla
de una manera española,
que fue casarse con una
doncella de gran fortuna;
y repintar sus blasones,
hablar de las tradiciones
de su casa,
a escándalos y amoríos
poner tasa,
sordina a sus desvaríos.
  Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
y el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
—¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno.
Hoy nos dice la campana
que han de llevarse mañana
al buen don Guido, muy serio,
camino del cementerio.
  Buen don Guido, ya eres ido
y para siempre jamás...
Alguien dirá: ¿Qué dejaste?
Yo pregunto: ¿Qué llevaste
al mundo donde hoy estás?
  ¿Tu amor a los alamares
y a las sedas y a los oros,
y a la sangre de los toros
y al humo de los altares?
¡Buen don Guido y equipaje,
buen viaje! ...
  El acá
y el allá,
caballero,
se ve en tu rostro marchito,
lo infinito:
cero, cero.
  ¡Oh las enjutas mejillas,
amarillas,
y los párpados de cera,
y la fina calavera
en la almohada del lecho!
  ¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
les yertas manos en cruz,
¡tan formal!
el caballero andaluz.

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