—¡Mira a ver quien es, estoy en el baño y
no puedo atender yo! —le contesté también a voz en grito.
Al poco apareció el rano en la puerta del
baño un tanto asustado y asaltando mi intimidad.
—Peddona, pedo zon loz médicoz de la
Fededasión Intednasional.
—¿Y qué quieren? —pregunté sorprendido mientras ocultaba mis encantos (?).
—Hasedme un contol antidopin.
—¿A ti? —me sorprendí más y tiré de la
cadena.
—Zí, ez que m’he zacao la fisha pada el zalto de lonhitú.
—No entiendo.
—Poz que disen que midiendo teinta y
sinco sentímetoz no entienden en la fededasión cómo zalto ziete metoz.
—Pero siete metros es muy poco para las marcas que se manejan hoy en día.
—No pada la categodía de alevinez.
—¿Te has inscrito como alevín?
—Eda la cazilla máz padesida que había a denacuaho.
—Pero siete metros es muy poco para las marcas que se manejan hoy en día.
—No pada la categodía de alevinez.
—¿Te has inscrito como alevín?
—Eda la cazilla máz padesida que había a denacuaho.
—¿Y no se han dado cuenta de que eres eso precisamente, una
rana?
—Zupongo que zí, podque siegoz no zon. Pedo
loz de laz mazcaz no lo zaben ni ven la fisha con la foto, y en el cueztionadio peguntaban pod el zezzo, pedo
no pod la espesie a la que pedtenesez.
—Bueno, ¿y qué? Son cosas tuyas —quise desentenderme.
—Que me dan miedo laz aguhaz, ya lo zabez.
—¿Y qué quieres qué haga yo? —le dije
terminando de secarme las manos.
—Intedsedé pod Ede Se A.
Intercedí. Pero no hubo forma. Se
refugiaron en que las reglas son las reglas y que los caballos también pasaban
controles. Cuando los médicos comprobaron que Erre C. A. no tenía sangre ni
venas era demasiado tarde; el rano pasó de estar histérico a sufrir un ataque
de pánico. Hiperventilaba. Busqué una bolsa de papel y al no encontrar ninguna,
hube de aplicarle yo mismo un sobre, porque los “médicos”, para no atenderlo, se
escudaron en que estaban allí como controladores y no como sanitarios. Eso es
lo que uno dijo, el otro nos expuso la necesidad de levantar un acta porque se
preguntaba cómo era posible que Erre C. A. tuviera esos síntomas y que no le
hubieran encontrado sangre; y se puso a ello. Cuando Erre C. A. volvió en sí me
pidió que le trajera el carné de la Federación de Atletismo y se encaró con los
llamados médicos, al menos eso era lo que rezaba en sus credenciales.
—Tomen uztedez, meziéz, metánzelo pod el
culo. Pimedo uno y luego el oto —y me hizo un guiño, que no un guiñol. Y yo me
sumé a la provocación del humillado rano.
—Les aseguro que éste solo hubiera dado
positivo en tocino, pero una vez roto este carné ya no pinchan, digo pintan
nada en esta casa, así que, a hacer puñetas —y les eché.
—Ezo. Y no bahen en azsendod, que la lus
la pagamoz nozotoz. Bueno, aquí mi colega. Y azí hasen depodte, que lez veo un
poquito goddoz.
Cuando se largaron los vampiros, Erre C.
A. y yo nos miramos en silencio. Por una vez nos entendimos sin que mediara
palabra. Aunque antes de dejarle solo, hizo un comentario.
—Vez, Mandugo, ez que no ze puede
deztacá, ni en el depodte, ni en la hudicatuda.
Imágenes bajadas de www.colorearjunior.com
y www.galeria.dibujos.net
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