—Yo no te he prohibido nada. Pero no seas zángano.
—¿Y tú? Ayed fue la zegunda noshe que te oí con elloz.
—Yo me bajo a leer porque hace calor en casa y abajo se está más
fresco.
—¿Y tú leez contando batallitaz?
—Vamos a ver. Son ellos los que se acercan y me piden que les
cuente cosas.
—Ya, y tú en ves de mandadlez a hugad, te lusez.
—No. Pero me acuerdo de las noches de verano de mi infancia. A mí
me encantaba oír las historias particulares de mis vecinos. Cansado,
soñoliento... Eso sí, casi todas las historias que yo oía acababan con la
muletilla: “Estos es que no han pasado la guerra”. La última guerra civil duró muchos años.
—Azí haz zalido tú.
—Puede que tengas razón, y espero no tener yo tanta influencia
sobre estos chavales.
—Poz hoy baho yo también.
—Evidentemente puedes hacer lo que quieras, pero van a decir que
juegas con ventaja.
—¿Y pod qué?
—Porque eres verde y en el jardín no se te va a distinguir, y menos
de noche. Ellos suelen jugar a liebre.
—¿Y qué? Yo no tengo odehaz ni paletoz. A Ede Se A, no ze le puede
confundiz con una liebe.
—¿Pero tú sabes cómo se juega a liebre?
—No, pedo apendo loz huegoz muy depiza. Y, ademáz, también me
guzta excusad, aunque me cuenten cuentoz shinoz.
—Yo no les cuento mentiras.
—A zabed.
—Simplemente novelo un poco las anécdotas.
—A ti lo que te guzta ez que t’ezcushen y ezcushadte. No lo voy a
zabed yo.
—Negaría que yo también disfruto viéndoles a mi alrededor. Cómo uno piensa, otro pregunta y otro da cabezazos en plena batalla contra el sueño. Las
noches veraniegas, con su quietud, invitan a escuchar y a relajarse con el
monótono ruido de la voz.
—La hoda buha, ¿no?
—Sí, la hora bruja. Estás cansado, harto de correr y bañarte y
alguien te distrae y te dejas llevar a ese estado de somnolencia a través una voz y de las sombras. Eso no ha cambiado, como el hecho de que siempre hay
alguien que sugiere que se cuenten historias de miedo.
—¿No lez contadáz cuentoz de tedod? Hay algunoz shavalez con cuato
o sinco añoz, no me hodobez.
—No, pero sí les cuento situaciones provocadas por el miedo.
—Miedo me daz tú a mí. Cuando te delasionaz con elloz te
conviedtez en un quío máz.
—Es la mejor forma de entenderlos, aparte de tener presente tu
propia infancia.
—¿Y loz padez no te disen nada?
—No, me conocen. Y, además, los críos están todavía en esa edad en
la que importa más lo que se dice en casa que fuera. No como a otros, que
piensan que solo digo sandeces por ser un sandio.
—¿Lo disez pod lo redondo y dojo?
—Tú sí que podrías pasar por una sandía. Pero sandio no lleva el acento en la i, por si no lo sabías.
—Lo que tú quiedaz. Pedo yo baho ezta noshe.
—Cabezón.
—Bocashancla.
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