—Poz lo tienez clado.
—No, quien no lo tiene claro son ellos. Yo sé en qué fecha nací y
sé donde vivo.
—Zí, pedo pada ti zedía mehod al devéz.
—Tienes razón, porque no sabes la que tengo que liar para corregir
esos errores en su base de datos.
—Poz déhalo coded.
—Sí, hombre, y me jubilo una año después de que me corresponda, y
si me buscan no me encuentran.
—A vesez ez pefedible que no le encuenten a uno. Y zed un año máz
hoven, tampoco ezta mal pada loz de tu edá.
—Las veces que habré dicho a la Seguridad Social mi edad y mi
domicilio. ¡Madre mía! Y ahora tengo que sacarme la partida de nacimiento y un
certificado de empadronamiento, pedir hora y perder una mañana. Solo falta que
tenga que pedir una hora para cada trámite, que no me extrañaría.
—Te han reconocido el pediodo que te hisiedon pedded en la mili
podque ze lez puzo en loz coho...?
—Habla bien. Pero es verdad, tienes razón. A ver donde tengo yo la
cartilla militar... Que son quince meses y como están las cosas...
Me puso a ello. Al final la encontré.
—Ves, el que guarda halla.
—¡Ho, tío, vaya deliquia! Ahoda, ya te vale eztad penzando en
la hubilasión, colega.
—Hombre precavido vale por dos.
—Tú zin zed pecavido, zólo pod volumen valez pod tez. Y, ademáz,
¿no disez que no vaz a llegad?
—Ya, pero estos datos también contaran para cualquier pensión que
se derive de mi ausencia terrenal.
—Lo eztáz adeglando. ¡Qué optimizmo ze gazta el Mendugo!
—Sí, tú fiate de la Virgen y no corras. Lo que dejes de hacer por
ti, otro no la va a resolver.
—Vez, yo no tengo ezoz poblemaz.
Ede Se A nunca ha cotisado, ni pienza hasedlo.
—Tú eres un parásito.
—Y tú un ezclavo de la budocasia.
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