jueves, 24 de enero de 2013

El tabaco



—¡Vaya bomba, Mendugo!
—¿El qué?
—El meshedito.
—Tú sí que eres la bomba. No juegues con eso.
—Zi no puedo ensendedlo, no me dan laz manoz.
—De todas formas.
—Como te fumes loz sigadoz en popodsión al ensendedod, vaz apañao, colega.
—Aunque no lo sean, que no lo son, también.
—No zé qu’encontáiz en el tabaco.
—Es pura dependencia. Nicotina, supongo.
—Entonsez entendedáz mi delasión con la fabada.
—Ni las judías, ni el chorizo, que yo sepa, crean adicción.
—Pedo también zon pudo visio. Aunque no pedhudiquen a nadie.
—Tú, a veces, perjudicas el ambiente después del atracón que te sueles pegar.
—No tienes defensa.
—¿Para qué?
—Para fumar.
—No. Eso es verdad. Lo único que puedo hacer es reconocer mi adicción y mi impotencia para dejar de fumar.
—Inténtalo. Podíaz dehadlo.
—Yo estoy esperando a que me deje él a mí.
—Él a ti ya t’ha dehao, pedo pada el adazte. Y todavía no ha tedminao, que lo zepaz.
—¿Qué insinuas?
—Lo que pone en laz cahetillaz. Y no ez una inzinuasión.
—Hace menos frío hoy, ¿no?
—Zí, tú cambia de tema. A vesez, padesez un quío.
—Favor que usted me hace.
—¿Y no pienzaz en el daño que hasez a loz demáz?
—Sí, pesado, pero me puede el vicio.
—Anda que el dinedo que te gaztaz...
—Eso sí me duele, pero sarna con gusto no pica.
—Tú zi que picaz, atontao. Llevaz picando cazi sincuenta añoz.






Imagen bajada de  www.libertadhumana.wordpress.com

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