lunes, 16 de junio de 2008

El fantasma del armario

—¿Insistes en afeitarte?
—Inzizto. Y no ez pod imitadte, como compendedás. Podque, vaya badbaz que llevaz.
—Ya sé que no intentas imitarme, porque si no, te ducharías.
—Laz danaz no zudamoz.
—Y al parecer tampoco os mancháis.
—Yo pefiedo el hel a la ezpuma d’afeitad.
—No hablaba de geles ni de espumas.
—Yo zí.
—No. Tú lo que no quieres hablar es del aseo personal. Tú lo que quieres es jugar con mis antiguos achiperres de afeitar.
—Tamén.
—A veces, me sacas de quicio, Erre C.A.
—¿Quéz un quisio?
—Donde te voy a poner la cabeza mientras cierro la puerta.
—¡Ay! M’he codtao… Pod tu culpa.

—Me alegro.
—Edez, edez… Un… Un…
—¿Qué soy?
— Edez, edez… Edez un idealizta.
—Eso no es un insulto.
—Según tú zí.
—Como te pille leyendo mis notas te voy a afeitar con el cortacésped.
—¿Ya ze t’ha olvidao el apagón y lo del oto día, Mendugo?
—¿El qué? —pregunté desafiante.
—Que vivo dento de ti.
—¿Y a ti se te ha olvidado el armario? —me encaré al rano descarado que reaccionó enseguida y recogió velas.
—No. Y, ademaz, me voy a dushá. Y cuando pienzez voy a sedad laz odehaz, te lo pometo. Y no m’impozta ni el hel ni la ezpuma. Y voy a decohé mi dincón. Y no te voy a peguntá máz qué hay de comé. Y…
—Vale, Erre C.A. —sonreí para mis adentros y traté de tranquilizarle—. Olvídate del armario. Y no sigas haciendo cosas hoy. Deja algo para mañana.

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