viernes, 2 de noviembre de 2007

Uno de los partos de la escritura

—Pero, Señor, algo habrá que inventar para comunicar a quien no os oye aquello que deseáis.
..........—Basta ya, Mendrugo. ¡Basta! ¿No tenéis bastante ya con haber promovido que los niños no trabajen en los campos y no asistan a los sacrificios ante el dios Osergorp? Mi paciencia tiene un límite.
..........—Tan solo escuchadme un momento más. Se trata de perpetuar vuestras palabras.
..........—Que os encarguéis de mis hijos no os avala para intervenir en otros asuntos.
..........—Pero, pensad en ello, Majestad. Que los hijos de vuestros hijos conozcan de primera mano vuestros mandatos, vuestras leyes. Que vuestra palabra os sobreviva…
..........—Mis edictos, y los de mis ancestros, serán voceados siempre como hasta ahora. En las plazas, en los zocos, en los foros.
..........—Pero así nadie que no esté presente podrá enterarse, ni contestaros. Señor, las ideas se pierden…
..........—¡Mis órdenes no las protesta nadie, Mendrugo! Con respecto a que no se enteren, dudo que alguien no se lo cuente a alguien. Más les vale… Y referente a las ideas, pocas son las que merecen la pena.
..........—Habrá algún pensamiento merecedor de la eternidad, aunque sea vuestro.
..........—Menos ironías o vuestra vieja cabeza rodará por las escaleras del Templo a Sotanàt.
..........—Me refería a proponeros, a rogaros. ¿Cuál de vuestros súbditos puede acercarse a vuestra Majestad? ¿Cuántos pueden alabaros?
..........—¿Eso es lo que pretendéis ahora? Lisonjearme para que ceda. La más vil artimaña del hombre necio y frágil.
..........No es eso, Señor.
..........Pues lo parece. Y también me parece mentira oír ese tipo de halagos en vuestra boca. No os he dado motivos.
..........Ni yo os los he quitado, Majestad.

Aquella conversación, que terminó sin que el rey Rodatcid cediera ante la petición de Mendrugo, no llevó, en principio, a nada. Mas, por avatares del destino, sería la semilla que germinaría en una orden por señas para que la antigua petición de inventar un lenguaje, que no fuera hablado, llegara a buen término. Pocas de las cuestiones más importantes para la especie humana se basan en un hecho científico y planeado. Y así, en aquella región, cuyos habitantes reinaban en un basto mundo (en la Edad Indeterminada los mundos eran muchos), nacería el lenguaje escrito. Rudimentario, pero escrito.
..........Reuniéronse los sabios de la corte del rey, y trasmitidas las órdenes reales a través del propio Mendrugo, único súbdito que su Majestad soportaba después de haber perdido el habla, se pusieron a buscar una solución. No era cuestión de que el rey interpretara por gestos sus deseos, y menos los referidos a asuntos de estado. Quedaba Mendrugo en un rincón de aquella sala donde cada sabio, cada consejero intentaba gritar más para mejor hacer oír sus necedades.
..........Siendo la época seca, cada cierto tiempo los siervos de palacio humedecían el suelo con agua. Lo hacían con dos grandes odres unidos por un palo que cargaban en su cerviz. Los pellejos, con agujeros en el fondo, rozaban la tierra del piso, y dejaban caer, sin salpicar a los presentes, el agua que mataba el polvo. Entre los que hoy llamaríamos regadores había un joven bajito, tan feo como el dios Oinomed (dios de las tinieblas). Cualquiera que le viera regar y refrescar el suelo hubiera pensado que había nacido para ello. Una joroba adornaba su espalda, y el travesaño donde descansaba el peso del agua, se encajaba en ella, de tal suerte que no necesitaba usar las manos para manejar el artilugio en cuestión. También se le tenía por loco inofensivo (no todos lo son), pues, sin que hubiera celebración, ni música ni motivo aparentes, siempre parecía bailar.
..........Mendrugo intentaba centrarse en la discusión, discusiones realmente, que se desarrollaba ante él. Pero era incapaz. Al poco de empezar la gritería se aislaba de la trifulca acudiendo a sus pensamientos: «Debía haber una forma sencilla». Menos simplona que la última oída antes de ensimismarse: “Meteremos la voz en una tinaja y la sellaremos con barro”. A lo que otro contestó que una vez abierta se perdería su contenido, y otro recordó que el rey ya no hablaba. La gritada idea del sabio Oicen quedaba por tanto desestimada, y lo que era peor para él, era tomada por una estupidez.
..........
Todos los elementos hasta ahora citados confluirían una tarde en la que el problema de la mudez del rey Rodatcid no quedaría resuelta, pero sí mitigada. Y fue tal que otra tarde, de las más calurosas que se recordaban, Mendrugo, obligado por el rey a asistir a esos conciliábulos y así informarle, tomó asiento en su rincón. Y fue tal, que las vacías peroratas se iniciaron. Y fue tal, que los aguadores entraron por primera vez. Era la onomástica del joven jorobado, y por ello andaba más alegre que de costumbre, con lo que su natural baile llegó a danza voluntaria. Para no salpicar a los presentes giraba sin acercarse a los voceadores sabios, sobre el espacio que Mendrugo mantenía con el resto de los hombres, porque en aquella época las mujeres sabias no se llevaban. Las filigranas que el agua dibujaba en el suelo seco, llamaron la atención del regador, cuyos ojos, lejos de ser usados para mantener el equilibrio y la concentración en su trabajo, quedaron prendidos en aquellos dibujos húmedos. Así, en un giro ya descompasado y anárquico venció el peso de su carga, y joven, odres y agua acabaron alcanzado a Mendrugo.
..........—Pero chico, ¿qué haces? —fue la respuesta de Mendrugo ante la imprevista avalancha de humedad y humanidad.
..........Después de rehacerse y pedir disculpas, Oripap, que así se llamaba el deforme joven, explicó a Mendrugo que estaba mirando la tierra que regaba.
..........—¿Y por qué?
..........Hoy hace varios años que mi madre me parió, y estoy contento. Y mi alegría se dibuja en la tierra seca.
..........Mendrugo quedó satisfecho con la contestación y las disculpas que prosiguieron. Excusas que no terminó de oír porque en su cabeza también se dibujó una pregunta, enunciado que en sí mismo, y como casi siempre, era una respuesta: «Si la alegría se puede dibujar, la palabra también».

Y todo fue porque a Mendrugo, un día que hablaba con un amigo del niño príncipe que ocupaba en aquel tiempo ancestral el suyo, se le ocurrió decir que a su padre y a su abuela se les habían acabado los cuentos, que ya no recordaban ninguno nuevo. En algunos casos, la tradición oral tiene sus limitaciones, la escrita jamás.

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